Hace tiempo comprendí que más vale la pena pensar en uno mismo.
Mientras me recostaba en la silla dejaba que el humo del cigarro jugase y danzase ante mis ojos, perdidos en el infinito. Frente a mi, la ventana temblaba ante las embestidas del viento que, audaz, encontraba el camino para colarse auyante en la habitación. Tras el cristal la lluvia caía impune, mezclando su constante repicar con la melodía variable del viento y creando una lúgubre cacofonía.
Quizás sea un pensamiento egoísta. Si, creo que lo es, pero es tan natural como el respirar, como aquel que se ahoga y aun que sabe que no puede, que su vida está próxima a su fin, intenta respirar bajo el agua en un espasmo incontrolado.
Me estremecí ante la tétrica comparación y un escalofrío me recorrió la espalda. Protegiéndome aún más del frío con una gruesa manta, agarré con ambas manos la taza de café humeante y sentí como su calor se transmitía a mis manos ateridas por el frío.
Es como si le quitase la vida solamente con el contacto. Su vida o la mía. Puede que solo sea una taza de café entre mis manos temblorosas, ¿pero y si fuese otra vida la que estuviese a mi merced como lo está el café? Aún que la idea de arrebatar una vida por propia supervivencia me produzca náuseas, no soy tan ingenuo como para suponer que por ética pueda sobreponerme al instinto de autoconservación.
Mirando al cenicero me dí cuenta de que el cigarro se había consumido hace tiempo. Fastidiado, bebí un trago que bajo ardiente hasta el estómago.
Fuera, el temporal seguía llamando a mi ventana.
Mientras me recostaba en la silla dejaba que el humo del cigarro jugase y danzase ante mis ojos, perdidos en el infinito. Frente a mi, la ventana temblaba ante las embestidas del viento que, audaz, encontraba el camino para colarse auyante en la habitación. Tras el cristal la lluvia caía impune, mezclando su constante repicar con la melodía variable del viento y creando una lúgubre cacofonía.
Quizás sea un pensamiento egoísta. Si, creo que lo es, pero es tan natural como el respirar, como aquel que se ahoga y aun que sabe que no puede, que su vida está próxima a su fin, intenta respirar bajo el agua en un espasmo incontrolado.
Me estremecí ante la tétrica comparación y un escalofrío me recorrió la espalda. Protegiéndome aún más del frío con una gruesa manta, agarré con ambas manos la taza de café humeante y sentí como su calor se transmitía a mis manos ateridas por el frío.
Es como si le quitase la vida solamente con el contacto. Su vida o la mía. Puede que solo sea una taza de café entre mis manos temblorosas, ¿pero y si fuese otra vida la que estuviese a mi merced como lo está el café? Aún que la idea de arrebatar una vida por propia supervivencia me produzca náuseas, no soy tan ingenuo como para suponer que por ética pueda sobreponerme al instinto de autoconservación.
Mirando al cenicero me dí cuenta de que el cigarro se había consumido hace tiempo. Fastidiado, bebí un trago que bajo ardiente hasta el estómago.
Fuera, el temporal seguía llamando a mi ventana.
3 comentarios:
Uf... mola el texto, aunque da un poco de mal rollo (que al fin y al cabo es de lo que trata ¿no?)
A partir de ahora me lo pensare dos vecs antes de acabar cruelmente con la vida del cafe XDD
Um... tu blog se ha vuelto rosa.
Debe ser algun tipo de virus maligno ¿no? Por favor, dime que si! XD
No, es que he plasmado mi lado más femenino.
No te jode...
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